Sabemos que las mitologías griega y romana tenían sus diosas. Y millares de libros y enciclopedias nos han enseñado sus cualidades con suma minuciosidad. Está, por ejemplo, en la mitología griega Afrodita, la diosa del amor y la belleza; rebautizada en la romana como Venus.
Atenea, o Atena, en la mitología griega, es la diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa. En la mitología romana, le corresponde Minerva, la diosa de la artesanía, la sabiduría y las libertades cívicas.
Hera, en la mitología griega clásica, presidía como diosa del matrimonio. Por otra parte, la mitología egipcia también tenía sus diosas. Una de ellas Isis “La Gran Maga”, era la reina de los dioses, diosa de la maternidad y del nacimiento.
En la actualidad, aunque no lo crean existe una única diosa y no se trata de ninguna supermodelo, ni de ninguna superstición. Ella está viva, se la considera hacedora de milagros, y es adorada por millones de fieles y validada por los sacerdotes.
Ricardo Coler, en su libro “Ser una diosa”, plasmó su gran hallazgo. En Katmandú, capital del reino de Nepal, conversó con una diosa viviente. En él cuenta que las diosas de esta fe adquieren la categoría cuando son niñas, luego de una rigurosa selección. Después, con la aparición de la primera sangre, vuelven a transformarse en mortales.
Publicado por Daniela Ceccato en Ocio y cultura el 9 Febrero, 2007





























